P.Elia

El amanecer de una nueva era
3 de septiembre, memoria de San Gregorio Magno
Queridos hermanos y hermanas, tras la caída del Imperio Romano de Occidente en 476, Italia fue asolada por la guerra greco-gótica.
La capital del Imperio Romano de Occidente se trasladó a Rávena, y Roma quedó abandonada a su suerte.
La que fuera la capital del mundo, asediada, destruida y saqueada primero por los visigodos en 410 y luego por los vándalos en 455, se redujo de 100 000 habitantes a tan solo 30 000, azotada por el hambre y las epidemias.
Gregorio nació en 540 en el seno de una antigua familia noble. Dotado de gran inteligencia, a los 33 años se convirtió en prefecto de la ciudad, pero el Señor lo llamó a otras tareas. Fascinado por la vida de San Benito, en 573 renunció a sus posesiones y las donó a los pobres. Tras convertirse en benedictino, transformó su casa en el monte Celio en un convento y se convirtió en su abad.
Fue arrancado de su vida de silencio, oración y estudio por el papa Pelagio II, quien lo nombró embajador ante la corte de Constantinopla.
De regreso a Roma, asolada por la peste, tras la muerte del papa Pelagio II en 590, sintió el llamado divino para ser papa.
Recibió el título de Cónsul de Dios por su inmensa fe y sabia administración, con las que salvó a los habitantes de Roma del hambre y la peste.
Gregorio, consciente del nuevo mundo que se gestaba en Europa, no perdió la esperanza. Inspirado por Dios, logró convertir, desde la herejía arriana hacia la verdadera fe católica primero la noble tribu lombarda, con la ayuda de la muy católica reina Teodelinda, y despues la tribu visigoda, asentada en España, con la ayuda del Rey Recared I. También se ocupó de la conversión de los anglosajones, enviando a 40 monjes benedictinos a Britania, liderados por un monje quien más tarde se convertiría en San Agustín de Canterbury.
Con la santidad de su vida y sus acciones ilustradas, sentó las bases para el nacimiento de lo que más tarde se convertiría en el Sacro Imperio Romano Germánico.

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